Henoteísmo: pensamientos acerca del Israel premonoteísta

Desde la experiencia numinosa hacia la creencia en Dios
Que las religiones del mundo −principalmente las que son antiguas y que en la actualidad continúan siendo considerablemente importantes− han existido tal y como se conocen al día de hoy, es un pensamiento realmente ingenuo. Las religiones y los dioses son tan antiguos como la historia misma, de hecho, los primeros escritos que produjo la humanidad, esas tablillas sumerias en cuneiforme del segundo milenio a. C., ya registraban cómo los dioses intervenían en las realidades terrenales con poderes y milagros. Sin embargo, la manera de pensar a Dios ha evolucionado desde las primeras intuiciones que asaltaron la mente del ser humano cuando se quedaba contemplando las estrellas en la noche, cuando le sobrevenía cierto sobrecogimiento que lo inducía a considerar el mundo más allá de lo tangible, cuando Dios comenzaba a revelársele. C. S. Lewis (2016) dice con relación a este sentimiento que:
Al parecer, solo hay dos puntos de vista legítimos acerca del sobrecogimiento: o bien se trata de una peculiaridad de la mente humana sin la menor correspondencia con la realidad objetiva y sin función biológica alguna −pese a lo cual se muestra resistente a desaparecer de las mentes plenamente desarrolladas de los poetas, filósofos o santos−, o bien consiste en una experiencia directa de la realidad sobrenatural, a la que conviene propiamente el nombre de revelación. (p. 15)
Este “temor numinoso” −como llama Lewis a la experiencia de considerar el mundo espiritual− podría ser una forma de fe muy primitiva, el comienzo de la creencia en los dioses que le dan sentido a la existencia de todos los fenómenos naturales. Esta manera inicialmente politeísta de pensar acompañó al ser humano desde los albores de la civilización y fue padeciendo una serie de transformaciones hasta la actualidad. Una de esas etapas es conocida en el mundo académico moderno como henoteísmo: la consideración de una multiplicidad de dioses, pero la exclusividad de culto a una sola deidad. Acerca de este desarrollo religioso, Blanco (2017) va a decir que:
No hay pruebas suficientes que sustenten esta teoría, amparada en la idea de que los pueblos menos desarrollados alumbraron la creencia en un dios celeste, creador y benefactor del universo, que podría ser identificado con la deidad única de las religiones monoteístas de matriz abrahamánica. Los datos sugieren más bien la hipótesis contraria, pues observamos una paulatina transformación del politeísmo (inicialmente bañado de rasgos claramente animistas) en henoteísmo, donde prima una deidad que ejerce funciones de superioridad jerárquica con respecto a los restantes dioses admitidos en un determinado panteón. (p. 23)
Una categoría teológica útil ante la complejidad de las creencias religiosas antiguas
El henoteísmo, acuñado por el filósofo Friedrich Schelling y estudiado inicialmente en las religiones egipcia e india por el filólogo Max Müller, es una categoría teológica que dilucida el asunto de los comienzos de la religión (Ardèvol Piera et al., 2004). En las sociedades tribales primitivas, donde la cohesión social se basaba en grupos independientes, las creencias religiosas también eran fragmentadas. Cada tribu veneraba a sus propios dioses, reflejando su identidad y valores únicos. Sin embargo, con el surgimiento de las naciones, las estructuras políticas se complejizaron y las tribus se unieron bajo un mismo poder central. En este contexto, el henoteísmo comenzó a florecer. Esta creencia se caracterizaba por la adoración a un dios principal, a menudo asociado con el grupo dominante, sin negar la existencia de otras deidades menores. Finalmente llega el monoteísmo, el celeste reflejo del estado universal, todopoderoso y eterno (Rueda y Moreno, 1995).
La tradición hebrea en sus fases más antiguas se centra en la idea de un Dios único y verdadero, Yahvé, y del pacto entre Dios y su pueblo. Pero este Dios se presenta como el único para Israel, no como el único en términos absolutos. (Ardèvol Piera et al., 2004, p. 155)
Las religiones antiguas, como la egipcia y la hebrea, no encajan siempre en las categorías simples de politeísmo y monoteísmo. En el caso de la religión egipcia, si bien se veneraba a una multitud de dioses y diosas, existía la idea de un dios supremo, Ra, que era considerado el creador y sustentador del universo. Por otro lado, la religión hebrea, que se suele considerar monoteísta por excelencia, presenta una evolución en su concepción de Dios. En sus inicios, la ley prohibía el culto a otros dioses, pero no negaba su existencia, considerándolos inferiores a Yahvé. Esta postura podría definirse como “monolatría”, donde Yahvé era el único dios digno de adoración para el pueblo hebreo, pero no el único dios que existía en el mundo. Solo con la literatura profética postexílica se afianzó la idea de la unicidad absoluta de Yahvé, negando la existencia de cualquier otra deidad (Ardèvol Piera et al., 2004).
Hasta donde llegan nuestros conocimientos históricos, en el comienzo estarían las tribus o grupos humanos. Estos adorarían a un Dios como único Dios de la tribu o del clan. Junto a este Dios irían apareciendo otros dioses. En los pueblos desarrollados (sumerios, hititas, babilonios, asirios, egipcios, griegos, romanos) nos encontramos con multitud de dioses que sirven para divinizar las fuerzas de la naturaleza y apadrinar las diversas tareas. Generalmente, entre esta multitud de dioses, se encuentra un Dios supremo como garantía de la identidad de la nación o del sistema político. (Seco, 2016, p. 464)
La religión del padre
En el caso de Israel, es de vital importancia ubicarse en la prehistoria del judaísmo, en el yahvismo primitivo: aquí se encuentra la “religión del padre”, un concepto fundamental para entender la teología de estas personas. Esta religión familiar, basada en la confianza mutua y la cercanía, sirvió como base para que Dios comenzara a revelarse gradualmente, sentando las bases de una singular “historia de salvación”. Si bien el adorador reconocía la existencia de otras deidades asociadas a diferentes grupos familiares o clanes, −y hasta juraba por ellas−, su devoción y lealtad se centraban exclusivamente en el dios de su propio linaje (Rodríguez, 2001). En Génesis 31, por ejemplo, Labán pone por testigos al Dios de Abraham y al dios de Najor en un acuerdo que celebra con Jacob:
El Dios de Abraham y el Dios de Najor juzguen entre nosotros. Y Jacob juró por el Padrino de su padre Isaac. Jacob hizo un sacrificio en el monte e invitó a sus hermanos a tomar parte. Ellos tomaron parte, e hicieron noche en el monte. (Biblia de Jerusalén, 2009)
La religión de Moisés
Con Moisés todavía está presente la idea henoteísta: el mandamiento básico del yahvismo presente en Deuteronomio 6 tampoco pretende negar la existencia de otros dioses, de nuevo su sentido es monolátrico y no monoteísta. En este caso, el judío aún admite la existencia de otros dioses, pero sólo Yahvé actúa para él, acompañándole y salvándole, por eso es el único merecedor de su culto. Esta es la religión de Moisés, donde Dios es presentado como celoso y exclusivo. Esta intolerancia distingue la religión de Israel de todas las del antiguo Oriente. La lucha contra otros dioses comenzó al salir del desierto, con la entrada en Palestina. Como los cananeos y otros pueblos tenían sus propios dioses y cultos con facetas atrayentes, Israel tuvo que luchar constantemente contra el peligro de darles culto (Rodríguez, 2001).
Israel se estableció en Sittim. Y el pueblo se puso a fornicar con las hijas de Moab. Estas invitaron al pueblo a los sacrificios de sus dioses, y el pueblo comió y se postró ante sus dioses. Israel se adhirió así al Baal de Peor, y se encendió la ira de Yahveh contra Israel. Dijo Yahveh a Moisés: «Toma a todos los jefes del pueblo y empálalos en honor de Yahveh, cara al sol; así cederá el furor de la cólera de Yahveh contra Israel.» Dijo Moisés a los jueces de Israel: «Matad cada uno a los vuestros que se hayan adherido a Baal de Peor.» (Biblia de Jerusalén, 2009)
Los profetas: precursores del monoteísmo en Israel
Por parte de los profetas, Dios comienza a tener una interpretación medianamente diferente. El profeta −un hombre que hablaba en nombre de Dios y transmitía la palabra a la luz de la promesa y la alianza, que con las credenciales “Así dice Yahvé” criticaba, condenaba, aprobaba y exhortaba a los israelitas−, comienza a pensar a Dios con una singularidad más radical. Al interior de su discurso de religiosidad moral y de fraternidad entre el pueblo aparece una profundización en la concepción de Yahvé, presentándolo en una línea decididamente monoteísta, como defensor de los pobres y débiles. Así lo evidencia Isaías 45:
Pues así dice Yahveh, creador de los cielos, él, que es Dios, plasmador de la tierra y su hacedor, él, que la ha fundamentado, y no la creó caótica, sino que para ser habitada la plasmó: «Yo soy Yahveh, no existe ningún otro.» (Biblia de Jerusalén, 2009)
Una breve conclusión
Las religiones, lejos de ser estáticas e inmutables, son producto de un proceso complejo y dinámico. A lo largo de la historia, las creencias han evolucionado, adaptándose a las realidades sociales, culturales y políticas de cada época. La teología bíblica, como disciplina académica, ofrece herramientas valiosas para comprender este proceso de evolución. Al estudiar los textos bíblicos en su contexto histórico y cultural, se puede apreciar la riqueza y diversidad de las experiencias religiosas del pueblo de Israel. Lejos de presentar una visión única y definitiva de Dios, la Biblia muestra una trayectoria de fe que se desarrolla a lo largo del tiempo.
En este camino encontramos desde el henoteísmo tribal hasta el monoteísmo profético, pasando por el yahvismo primitivo y la religión de Moisés, que cada etapa ha aportado su propia comprensión de Dios y su relación con la humanidad. El pueblo de Israel, al igual que otras culturas antiguas, no ha tenido una concepción perfecta e inmutable de Dios. Su fe ha ido madurando a través de los siglos, confrontando desafíos, cuestionamientos y nuevas revelaciones.
Es importante reconocer esta evolución para evitar lecturas fundamentalistas o literalistas de la Biblia que no hacen justicia a la complejidad de la experiencia religiosa. En este sentido, la teología bíblica hace una invitación para estudiar las Escrituras con rigor intelectual y humildad espiritual. Solo así podremos comprender la profundidad y el alcance del mensaje bíblico, y cultivar una fe madura y comprometida con la realidad del mundo actual. Al comprender las raíces históricas y culturales de nuestras tradiciones religiosas, podemos participar de manera más responsable en el diálogo interreligioso y la construcción de una sociedad más fraterna.
Bibliografía
Ardèvol Piera, E., Munilla Cabrillana, G., Cervelló Autuori, J., Gracia Alonso, F., & Martí i Pérez, J. (2004). Antropología de la religión: Una aproximación interdisciplinar a las religiones antiguas y contemporáneas. Universitat Oberta de Catalunya.
Biblia de Jerusalén. (2019). Biblical and Archaeological School of Jerusalem.
Rueda, M. y Moreno, S. (1995). Cosmos, hombre y sacralidad: lecturas dirigidas de antropología religiosa. Abya-Yala.
Mateo Seco, L. (2016). Dios, Uno y Trino. Ediciones Universidad de Navarra.
Lewis, C. S. (2016). El problema del dolor. RIALP.
Rodríguez, A. (2001). La religión judía: historia y teología. BAC.
Blanco Pérez, C. (2017). Más allá de la cultura y de la religión.